El crepuesculo hacía del día un efimero recuerdo de la alegria. El sol descendia en el valle, y hacía reflejar la verde hierba y el claro rio sobre los ojos de Miguel.
Este, sin saber que esa misma noche iba a morir, avanzó por el camino de vuelta a su casa tras haberse parado para observar el cuadro refulgente del atardecer creado por la pura naturaleza.
Su trabajo ultimamente habia sido muy tranquilo, quiza mas de lo que aventurasen a decir los viejos del pueblo en la tasca. Y la sombra de la tranquilidad era solo eso, una sombra. La tranquilidad que precede a la tormenta.
Se sujetó la espada al cinto, y el arco a la espalda, y con un conejo muerto en la mano que, antes del cambio de turno con su amigo "Langui", se habia convertido en su cena, partio hacia su hogar.
En media hora, de suave brisa y sombras alargadas, llegó a su humilde casa en su humilde pueblo.
Antes de entrar por la puerta miró el paisaje que dejaba atras, quiza movido por el destino. Como despidiendose, sin saberlo, de la luz del dia, de la calida punzada del sol, de la agradable brisa que le habia acompañado durante viente largos, quiza ahora no tanto, veranos. Y del duro trabajo, que habia moldeado su cuerpo de una forma atletica y robusta. Un cuerpo para sobreponerse a heridas menores y graves, a largas jornadas de trabajo, a calidos veranos y a torridos inviernos de lluvia, nieve, hambre y frio. Un frio mortal, que entraba y helaba los huesos. Por algo vivia él en el valle del viento helado, aunque ahora no hacia honor a ese nombre salvo muy entrado el invierno.
Por fin el día murio y el sol dejó paso a su hermana Luna, y a las estrellas que empezaban a bailar con su tintineo luminoso, distante y celestial.
Miguel no tardo mucho en cocinar el conejo cazado a arco y carrera. Y antes de empezar a cenar lanzó una canción, mas bien una oracion de perdon, al aire. Dando gracias a la naturaleza y, lo mas importante, al espiritu del conejo.
No sintio alegria al comer, ni pena, pero si la necesidad del cansancio. Normalmente hubiese ido a la tasca a oir a los ancianos contar historias del pasado, mejor según la mayoria. Pero Miguel sabia que eso significaba solo que la gente tenia miedo del futuro y que se afanaban al pasado para sobrellevar el presente. Como una sombra, otra vez, de buenos tiempos que han de llegar algun dia. Pero ese dia decidio ir a la cama pronto. Ir a hablar del pasado hubiese salvado su futuro.
No tardo en cerrar los ojos y abandonar su cuerpo a la ingravidad de los sueños, siempre hermosos, aunque cargados de pena. Con una silueta de mujer a contra luz como colofon final.
Todo sucedio muy rapido: un ruido, un golpe, un pinchazo y la terrible sombra de la muerte sonriendo al otro lado de la ventana. Abrio los ojos y, con la mirada borrosa, vio la cara estrujada comicamente por la ira, la colera y la sed de venganza de su asesino. La reconocio en seguida. Y con la voz tranquila y pausa, a pesar del terrible dolor, dijo: "No se puede vivir con la venganza pesandote en la espalda. Ojala puedas perdonarte como me perdone yo." Y con un susurro exalo el ultimo alianto de la vida, con una palabra en la boca: "Teresa"
Entonces el asesino, manchado de sangre, entendió subitamente las palabras del asesino de su padre. Teresa era su madre. De rodillas en el suelo lloró amargamente hasta el amanecer. La rueda de la venganza se habia detenido.
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