11 abril 2007

Con la iglesia hemos topado. Episodio 1

Estaba yo en la huerta de mi padre a las afueras de mi precioso pueblo, recogiendo patatas, que ya era hora, cuando escuche un grito que me estremeció: Mi madre.
- Manolooooo, el conde esta aquiiiiii, para y ven ahora mismoooo.
Gustosamente deje a mi padre recogiendo patatas y acudí como raudo corcel a la puerta de mi pequeña casa. Allí vi como un gran hombre montado sobre un caballo baboso, se metía el dedo en la nariz y hacia pequeñas bolitas.
- Manolo, el conde quiere tener un escudero y debes hacer las pruebas de acceso. - Ordenó mi madre.
- Si niño, debes pasar unas sencillas pruebas de acceso, después cuatro años de Enseñanza Serventil Obligatoria, después pasaras una revalida y deberás elegir entre T.C, Trabajo Campesino, y ponerte a recoger patatas con tu padre, o si en cambio eres bueno como escudero deberás elegir Escuderato, que son otros dos años con una revalida al final de cada curso. Después de esto estarás listo para entrar como escudero ó entrar en un monasterio y ser un simple cura.
A pesar del tiempo que costaba y de lo lioso que era todo decidí ser escudero, ya que eso de la violencia gratuita me excitaba.
- Seré escudero si por casualidad doy la talla, mi conde – Le conteste.
- Bien, pues ahora tienes 12 años, nos veremos dentro de 6 años.
No me costo mucho pasar todos los exámenes y todas las pruebas ya que mi fuerza en los brazos era sobrehumana y podía cargar con el escudo durante días, como así lo demostré en el ultimo examen del curso en el cual saque un 9´8 sujetando el escudo durante trece meses y doce días sin moverme. Pues como iba contando, cuando ya tuve 18 años fui al castillo del conde y me presente como su humilde escudero. Le serví fielmente durante ese día y al final de este me mando ir a la habitación de “invitados” donde el conde “invitaba” a numerosas jovencitas a pasar noches en vela compartiendo sabiduría… y allí me dijo:
- El mundo a cambiado: lo siento en la tierra, lo siento en el agua, lo huelo… en el aire. – Rápidamente husmee el aire de la habitación y un desagradable olor me hice poner una cara de asco. – Lo siento, los nervios. – Me dijo el conde tapándose la nariz.
- Vale, el mundo a cambiado… ¿y? – Le pregunte extrañado por las revelaciones de mi maestro.
- Debo partir y esconderme… en un monasterio, allí el demonio no se podrá apoderar de mi ser, y Dios, nuestro señor que da vida a todo y que perdona a todo aquel que le es infiel nos protegerá.
- Valla, tantos estudios para tener un empleo basura, y un jefe estúpido, el cual me despide en el primer día.
- No te despido mozalbete, te invito a que vengas conmigo, y como mi escudero que eres, me acompañes. – Me dijo el conde acercándome una pequeña bolsa muy pesada. Recogí la bolsa, la abrí y dentro había cientos de Ríales.
- Bien, Partiré contigo. ¿Cuándo nos vamos?
- Esta misma noche.
Pues como acordamos, me despedí de mi familia y partí con mi maestro hacia donde él mandase. La noche era cerrada y oscura, pero mi conde tuvo la gran idea de encender una pequeña antorcha y con ella caminamos por los campos. En una hora llegamos a un pequeño pueblucho y en las afueras de este había un gran edificio.
- ¿Ves esa gran casa, Mozalbete?
- Si – Le respondí intentando agudizar la vista.
- Pues hay no, más allá ¿ves?
- No, no veo nada. – Le respondí.
- No, yo tampoco. Sigamos – Y caminamos un poco más, hasta que pudimos ver un gran convento, aunque mi maestro vio un monasterio.
- Ese será nuestro refugio del mal, y del mundo. – Dijo el Conde.
Llegamos a la puerta y llamé. Rápidamente salió una hermosa joven que tenia mi edad más o menos.
- ¿Que desean los caballeros? – Nos pregunto con la voz más hermosa que nunca he escuchado jamas.
- Nada que venimos a escondernos del mal que asola mis tierras y el mundo en general. – Respondió el conde.
- Bueno, hablare con Sor María. – Respondió ella con su cara enrojecida gracias al aumento de mi aparato genital. Al rato apareció una vieja.
- Podréis pasar una noche aquí. – Nos dijo.- Acompañadme. – Y nos guío por el gran convento, aunque mi conde seguia sin poder observar el detalle.
- Bien, ahora nos infiltraremos y viviremos aquí durante el resto de nuestra vida…
- Si, aja, Oui, Aja.- le respondía yo mientras él hablaba en nuestra habitación. Y rápidamente salí a buscar a esa preciosa mujer que me abrió para comprobar si era una fiel devota…
Me costo encontrarla pero hay estaba su habitación, y ella metida en la cama. No se me ocurrió otra cosa que despertarla mordisqueándole la oreja. Pero como ya era tarde, y había dormido poco se me fue y por poco me quedo con media oreja en la boca. A esto que ella dio un grito, pero nadie de su habitación despertó. Al verme delante de su cama y mordiéndole la oreja como un perro salvaje ella me abofeteó la cara. Después del susto que se dio, me siguio abofeteando, ya que por desgracia, yo no me di cuenta de que dormía desnuda. Al rato, cuando yo tenia la cara roja tirando a morada, me cogió de la mano y me llevo hasta un pajar.
- Por Gilipollas y violador te quedas aquí a dormir. Y no te arranco la cabeza por que Dios no me lo perdonaría.
- Pero mujer, si tú a mí me gustas mucho. – Le dije yo intentando disuadirla.
- Lo siento, tu también estas muy bien, pero yo estoy casada con Dios y solo debo hacer el amor con él.
- Valla, pero si tus ojos son como dos esmeraldas engarzadas en oro blanco de 14 kilates…
- Lo que dices es muy bonito, pero… - Entonces sin pensármelo dos veces me baje los pantalones, y ella ante el asombro se me subió encima, y en esa noche no paramos de compartir opiniones.
Estaba amaneciendo y yo, que para ser mi primera vez acabe cansado, decidí ir a mi habitación para no levantar sospechas, ella hizo lo mismo. Allí me encontré al Conde con la viejecita que nos había abierto la puerta. Los dos estaban desnudos en la cama. Desperté al Conde.
- Buenos días escudero, espero que hallas dormido bien. – vio como mis ojos tenían un color rojo sangre gracias al cansancio.
- Aja, mala noche. Parece que has sudado mucho. ¿No tendrás fiebre, no?
- No, creo que no. – Y en ese momento abrieron la puerta. Era una monja que venia a llamarnos para levantarnos, pero al ver a la otra monja en la cama pego un grito que atrajo a todas las monjas del convento.
- Llamar, al Obispo y traer las estacas, vamos a empalar a estos pecadores. – Se escuchaba detrás de la puerta, aunque en ella se agrupase todo el convento.
- Ven muchacho. – Me dijo el Conde. Y rápidamente salto por la ventana. Hice lo mismo sin pensármelo dos veces, pero cuando ya estaba en el aire me acorde de que estabamos en un cuarto piso. Dos meses en cama cada uno, yo con las piernas rotas, y el Conde con trece costillas partidas, fue el coste de la caída.
Cuando nos recuperamos nos dimos cuenta que todavía estabamos en el convento, y que las monjas todavía nos querían empalar, así que ideamos un plan para salir de allí cuando nos hubiésemos recuperado. Eva, que así se llamaba la chica con la que mantenía conversaciones en el granero, venia todas las noches a verme y allí se quedaba a dormir…
El plan del Conde era fácil: esperar a que fuese de noche y salir corriendo. Pero elegimos un mal día: Jueves Santo. Ese día todas las monjas se quedaban en vela rezando a Dios. Pero eso nosotros no lo sabíamos. Así que proseguimos con el plan, Eva decidió venir conmigo ya que un gran amor nos unía, además estaba embarazada. Salimos corriendo, pero con el ruido que armamos tuvimos a todo el cuartel de monjas detrás en cinco minutos. Nos seguían tirándonos cosas, pero gracias a la habilidad de mi Conde al huir pudimos dejarlas atrás. Ya cuando estabamos en la salida nos cerro el paso una “Siñorina”, que era así como yo llamaba a las monjas, tipo Suawwenagger.
- Esto es cosa mía. – Me dijo mi maestro, y rápidamente yo y Eva empezamos a correr. Se oyó un ruido y el conde salió corriendo por el mismo camino que nosotros.
- Correr, que ese engendro pega fuerte. – Dijo el conde enseñándonos sus dos dientes y la sangre que le salía de la boca.
- Tenga cuidado mi conde, no se valla a deshidratar. – Le respondí yo con preocupación por su salud.
- Tranquilo, los amigos de Batman son mis amigos. – Me respondió él.
El engendro no nos alcanzo. Así que huimos sin más contratiempos. Después de aquellos días tan siniestros en el Convento, salimos por la puerta principal de la muralla: mi señor prefería seguir solo hacía su condado, yo elegí el camino de las montañas sin preguntarme nunca más que me había llevado a aquel lugar tan hinospito a 1 hora de mi casa. Salvo la tarde que fui padre. Acudí donde mi Conde a por repuestas y me dijo que en esos días seria visitado por el mal, su suegra. Así que comprendí todo y vivimos felices sin contratiempos. Hasta que un día…

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