18 mayo 2007

Sin titulo. Ponedselo vosotros..

La luna estaba majestuosamente en lo más alto del cielo. Luminosa, reinando sobre las estrellas mientras ella, mi dulce amor, caminaba por el bosque, espeso y antiguo como la tierra que pisaba. La escena era maravillosa. La luz lunar se reflejaba en sus ojos marrones y, su pelo marrón refulgía como si el mismo sol, oscuro, fuese a aparecer por un horizonte arbolado. Su vestido blanco y largo, convertido en un habito argénteo, hacía volar su figura gracias a la fresca brisa y la transformaba en figuras extrañas, poderosas y bellas o, en cambio, en pequeñas, dulces y sensuales formas; todas ellas radiantes, como una gota de lo que debía ser las lagrimas de la luna.

La seguí secretamente, a unos árboles de distancia, atraído por su luz, como un felino en busca de su presa. O no, quizá la seguía como aquel que, sin entenderlo, no puede separar la vista de un animal nuevo, o conocido, con asombro, curiosidad y un extraño cariño nacido de la naturaleza.

Ella caminaba hacia su casa, pues había salido a pasear y la noche, sin querer retenerse a si misma, decidió alumbrarla con su mágica luz. Yo imaginaba su casa como un palacio de oro, digno de cualquier dios. No, tal vez su casa era un angosta cabaña en el bosque, al lado de un brillante lago, como debían vivir las ninfas que son musas de los poetas locos. Locos pues nunca podrán observarlas y solo las imaginan con palabras y deseos que no se han de cumplir.

Mi sorpresa fue mayor cuando de sus labios brotaron unos versos escritos por algún poeta, de esos con locuras de amor, que cantaba a la luna. Allí, en ese mismo instante, tropecé de asombro y el sonido llamó su atención.

Solo existían sus ojos, y todo el universo que habitaba en ellos, gigante e infinito; pensamientos arremolinados de felicidad absoluta. El tiempo parado, como si nunca hubiese existido nada. La mas absoluta luz. La mas absoluta belleza.

Mil años pasaron, o quizá mas, mi cuerpo se movió. La tierra giro perezosamente, dándome con el suelo en mi rostro. Una rama maldita, movida con celos por el posesivo bosque que también la deseaba, me atravesó el pecho. Mi corazón, atravesado pero entero, dejo de bombear sangre mientras ella, mi dulce amor, intentaba socorrer al anónimo torpe que se desangraba y exhalaba en el suelo.

Busqué una ultima mirada en aquel universo de su propia alma. Y allí en aquel mar radiante de felicidad me alojé. En el alma de aquella lagrima de la luna. Con una palabra en la boca. Un ultimo suspiro. Amor…

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